The Vaselines__ Molly's Lips



... y de propina, la versión de Nirvana

Antony, la voz de la conciencia del pop

Cuatro años después de “I Am A Bird Now”, el líder de los Johnsons regresa con “The Crying Light” al epicentro de la canción con turbulencias



Al final resultará que el éxito no es tan malo como parece. Sedante creativo para la mayoría de quienes lo consiguen, el aplauso comercial no ha logrado desviar a Antony Hegarty de su objetivo más inmediato y, cuatro años después de “I Am Bird Now”, el líder de los Johnsons sigue a lo suyo, despellejándose frente al confesionario y bombardeando el mundo con esa metralla melódica y emocionalmente inflamada que son sus canciones.

Sí, también las nuevas, las de “The Crying Light”, álbum de afectos calcinados con el que el autor de “You Are My Sister” inaugura la temporada de siembra de esas canciones tristes que acaban fatal.

Abatidas y vestidas con lo justo, las diez canciones de “The Crying Light” siguen hurgando en el turbador y quebradizo universo de un compositor que, acogido por el gran público como un gorrión con el ala rota, reformula a su antojo conceptos como intimidad y belleza dolorosa.

Aún así, no hay en este, su tercer disco, tanta cabriola transformista ni excesivas piruetas vocales: más desnudo, si es que eso es posible, Antony se posiciona como el Pepito Grillo disfuncional de la canción de autor, la superestrella hípersensible del pop alternativo que, después de atender infinidad de llamadas y pasear esa voz de plata líquida por discos de amigos y conocidos, vuelve a encerrarse en su alcoba para interrogarse sobre la naturaleza de la vida, la maternidad y, cómo no, el eterno femenino.

Aquí están, entre muchas otras cosas, el reflejo de la Stax y los arreglos de cuerda de Nico Muhly; el gozo del pop y el lamento del soul; el piano quejoso y las guitarras espectrales. Aquí hay, en fin, un equilibrio casi perfecto entre magia, dolor e intensidad.


David Morán

(Artículo publicado originalmente en el suplemento M360 de ABC el 23 de enero de 2008)

"Rompepistas", por Kiko Amat

“Éramos la sarna del pueblo y como tal nos comportábamos”

El escritor y periodista barcelonés Kiko Amat recrea sus andanzas adolescentes en el extrarradio barcelonés en una vibrante e irónica novela repleta de canciones de Generation X, punks miopes y rechonchos y Skinheads Por La Paz



La adolescencia, ese inframundo. Esa enfermedad que solo se cura con el paso del tiempo. “Ese asunto sórdido que son los 17”, como asegura el periodista y escritor Kiko Amat (Sant Boi del Llobregat, Barcelona, 1971), quien viaja en “Rompepistas” (Anagrama) hasta 1987 para rehacer los pedazos de “ese momento excepcional en el que a todos los efectos eres un niño pero haces majaderías de adulto; un punto extraño e indefinido”.

Más extraño todavía si vives en Sant Boi, un pueblo del extrarradio de Barcelona con dos manicomios y seis bares en cada manzana, tus amigos son un punk rechoncho y una decena de Skinheads Por la Paz –así, tal cual- y en tu cabeza no paran de sonar canciones de Generation X, The Damned y The Specials. “Éramos la sarna del pueblo y como estábamos convencidos de eso, así era como vivíamos. Los discos eran la única posibilidad que teníamos de acceder a algo bonito”, explica.

Éramos. Así, en plural. No un plural mayestático ni retórico, sino uno mucho más real: el que se refiere a ellos, sus amigos, los chicos con botas. Porque, que quede claro, “Rompepistas” es la historia de un punk miope que tiene un grupo llamado Las Duelistas, pero también es la adolescencia del propio Amat narrada con disimulo, como quien tira una piedra mientras mira hacia otro lado.



“No es biográfica, pero no lo es a la manera de John Fante, donde la separación entre realidad y ficción es mínima”, asegura el autor sobre una novela que cierra de un portazo esa trilogía centrada en la adolescencia y juventud que completan “El día que me vaya no se lo diré a nadie” y “Cosas que hacen BUM”. “Los libros que he hecho antes eran una manera de llegar a esta historia”, reconoce Amat.

Y, como en sus dos obras anteriores, “Rompepistas” destila intensidad, humor bruto, romanticismo burlón e ironía de andar por el barrio. Ni rastro, eso sí, de todas esas referencias culturales que, alineadas en fila india, desfilaban por “Cosas que hacen BUM”. “Los discos, las canciones… En aquel tiempo, todas esas cosas eran usadas, no reflexionadas. Los discos eran para bailar, no para elaborar grandes tesis”, asegura. Y aún así, su tercera novela va más allá del furor efervescente de la adolescencia para deslizar temas como la culpa, el remordimiento, la elasticidad de las amistades, la fractura puntual con los padres y la siempre esquiva justicia poética.

Irreverente, adictiva y tremendamente divertida, es la de Amat una voz propia que predica en un desierto pop y esquiva cualquier posible vínculo generacional y literario. Vamos, que mejor no hablarle de la Generación Nocilla, el afterpop y cosas por el estilo. “El único autor español con el que me siento identificado es Francisco Casavella –asegura-. Lo leí muy tarde, pero era la única persona que estaba en el mismo sitio que yo, aunque mucho mejor”.

Para el resto, Amat ya tiene su colección de discos, sus escritores ingleses y películas como “This Is England”, donde, igual que en “Rompepistas”, todo se resume en buenos amigos y grandes canciones.

¿O era al revés?

David Morán

Calexico, la penúltima frontera



Cosa seria lo de Calexico. Demasiado seria, incluso. Acordeones quejumbrosos y trompetas mariachi; guitarras slide peinando el desierto y teclados arenosos; ritmos reciclados de un cementerio de aviones y melodías en equilibrio sobre el alambre de la frontera; Ennio Morricone y fiesta loca…

Un momento: ¿fiesta loca? Pues va a ser que no. O no del todo. O, mejor dicho, solo a ratos. Sí, los Calexico que salieron el martes a hombros de una abarrotadísima sala Apolo eran los mismos que hace seis años pusieron del revés La Paloma –ellos, dale que dale y los Marichi Luz de Luna, sopla que sopla- pero, al mismo tiempo, eran una banda completamente diferente. Más espesa y descentrada. Menos fronteriza y con unas inquietudes viajeras más turísticas que exploradoras.

Se veía venir. No hay más que rebobinar hasta “Garden Ruin”, álbum con el que Joey Burns y John Convertino quisieron ir más lejos y se acabaron tropezando con una versión más convencional de sí mismos, para ver que algunas piezas ya no encajaban en el universo de Calexico.

Los de Tucson, paladines del rock fronterizo y especiado, jugando a hacer rock a secas. El reciente “Carried To Dust”, vuelta de tuerca mestiza con la que profundizan, vía México, en los sonidos latinoamericanos en general y chilenos en particular, ha vuelto a poner las cosas en su sitio, pero sus directos cargan aún con cierto lastre rockero y chapotean alegremente en la charca del mestizaje más superficial. Andaban por ahí Jairo Zavala y Amparanoia y entre todos acabaron dando forma a una extraña enchilada de referencias mal digeridas, canciones oídas a medias y estilos arrejuntados sobre el escenario de cualquier manera.

Ah, y también cayó una versión del "Alone Again Or" de Love.

Para entendernos: cuando se ponen en plan locomotora tex-mex, con las trompetas soplando en “Quattro (World Drifts In)” lo suyo es imparable y contagioso, pero su reconversión en estrellas del pop con un mundo en la mochila no cuela. Son grandes en lo suyo, envenenando el rock de secano con especias mexicanas y pervirtiendo sus canciones con densas brumas cinematográficas, pero sus intentos por explorar más allá de la frontera no hacen más que dejar al descubierto sus carencias.

Ya se sabe que quien mucho abarca poco aprieta, y con los Calexico que aterrizaron en Barcelona cada nueva canción parecía un mundo que ordenar, edificar y repoblar.

Y así, claro, no hay manera.

David Morán

Gangsters_The Specials

La chatarrería de Joe Crepúsculo


Era tan sencillo como esto: una ducha rápida, una limpieza al piso para meter la mugre grasienta de Tarántula bajo la alfombra y, tatatachán, con ustedes un soberbio compositor de canciones pop. Exageremos: Joe Crepúsculo es nuestro Stephin Merrit en miniatura, un maestro chatarrero que corre más deprisa que sus canciones –“Escuela de zebras” (2008), su debut en solitario, apareció hace un suspiro- y recicla escombros de los ochenta para transformarlos en portentosos temas de pop naïf que se retuercen como plantas en busca de sol.

No se dejen engañar por esa aparente desgana vocal y ese característico deje anestesiado con el que el barcelonés amortigua amoríos y pasiones desafectadas en “Baraja de cuchillos” y “Amor congelado”: esto, con sus teclados de baratillo y su cacharrería sabiamente reutilizada, es una churrería de himnos del subsuelo que gravitan en torno a un “Ama y haz lo que quieras” convertido en lo más parecido a un grito de guerra.

Algo menos circense y destartalado que su anterior trabajo, “Supercrepus” se arrima con gracejo al pop electrónico doméstico, rebobina hasta mediados de los ochenta para eliminar cualquier resto de naftalina –de ahí surge la insólita versión de “No me acostumbro” de El Último de la Fila- y se desliza por el tobogán de las grandes canciones de acción inmediata como “Vente conmigo” y “Espada de Damocles” de la mano de un Calamaro pubescente y acompañado por Thelemático Rosa, El Ortiga, Daniel Descabellado (Tarántula), Elsa de Alfonso (No Band In Berlin), Internet 2 y David Rodríguez (Beef, La Estrella de David), entre otros.

(Artículo publicado originalmente en la revista Rockdelux 268 de diciembre de 2008)



A guantazos con los formatos

Es un hecho: el mundo se divide en buenas y malas canciones; en discos capaces de alegrarte una mañana y otros que te la arruinan sin que te des cuenta. Y tan cierto como esto es que la música tiene la maravillosa cualidad de hablar por sí misma, independientemente del formato en el que esté servida y de si de fondo se oye el zumbido de la aguja arañado el vinilo o el eco anestesiado del formato digital.


¿Mejora un vinilo –perdón, “disco de vinilo”– una mala canción? Ni de coña. Ya puede estar embutido en una lujosa carpeta desplegable que si la materia prima falla no hay nada qué hacer. Exactamente lo mismo ocurre con cualquier formato digital: por mucha mejora técnica que haya, tiene que haber una buena base sobre la que trabajar. El formato en sí es algo irrelevante. Lo sabe cualquiera que acumule en su casa LP’s, 7”, CD’s, e incluso algún que otro aparatejo maléfico que escupe música digital: a final, todos cumplen espléndidamente su función, que no es otra que almacenar y transportar MÚSICA. Sí, en mayúsculas, que es lo que debería importarle a cualquiera que no sea técnico de sonido o un fetichista de los formatos.

Puede que el CD sea feo, pero también es práctico y fácil de almacenar. Lo mismo ocurre con el vinilo: funciona mejor como objeto artístico, pero tampoco es tan raro encontrarse con LP’s desastrosamente prensado y fabricados con restos de neumáticos o con novedades grabadas en formato digital que suenan como el culo en su trasvase analógico. Consideraciones técnicas al margen y dando por sentado que no es lo mismo acumular objetos que coleccionar emociones, sensaciones y, en fin, canciones, cuestionar la validez de un formato –el que sea- es tan inútil como rasgarse las vestiduras y quemarse a lo bonzo ante el envoltorio de un regalo. LA VERDAD está ahí dentro. Old clothes do not make a tortured artist, escribía Kevin Rowland en la contraportada de Searching For Young Soul Rebels. Lo mismo podría decirse de la música.

(Artículo publicado originalmente en la sección Visto y no Visto de la revista Rockdelux 268 de diciembre de 2008)